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Natalia Muñoz is a member of the National Association of Hispanic Journalists
NUESTRAS ABUELAS:
Una Serie Fotográfica
Nota de la editora: Nuestras Abuelas es una serie fotográfica auspiciada por La Prensa. Este mes presentamos a la abuela de Idelia.

Fotos de Doña Natividad
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OUR STORIES. AT LAST.
La Prensa of Western Massachusetts Maria Luisa Barra Barra
Foto de Doña Felipa
Era de Coronel, de Concepción-Chile, de la calle Janequeo y de las Tres Pascualas. Brindaba, bailaba, cantaba, tenia hijos y hacía el amor. Nunca se le vio una cana pero si flores, plantas y esperanzas. Estaba siempre presente cuando un ave enferma necesitaba su hospitalidad, una perra encinta una partera, o un miembro de la comunidad su medicina.
A temprana edad una golpiza de parte de otro familiar le arrebato el sentido del olfato. Con su padre ausente, a los doce años descubre que su tía era su madre y la que pensaba que era su madre su tía. A partir de ese instante comenzó una nueva etapa en su vida. Nunca abandonó ni se separó de su Mamita Sarita, quien falleció antes de que yo naciera. Junto a mi abuelo, ambas mujeres costureras formaron una familia numerosa y unida.
   Mamita Sarita, para mí era una curandera en cuyo lenguaje castellano flotaban palabras indígenas mapuches, que no tenía derecho al voto por ser analfabeta. La recuerdo como un espíritu poderoso que nos cuidaba a toda hora. Uno de los momentos más dolorosos para mi abuela, ocurrió cuando tres de sus ocho hijos fueron encarcelados y torturados. Pero a pesar de las luchas y persecuciones, ningún miembro de la familia fue asesinado en los 17 años de dictadura. La protección de su Mamita Sarita era para mi abuela la explicación más lógica.
   Mami María, como la llamábamos, repetía su doble apellido como muestra de orgullo de ser hija de madre soltera. Ella estudió sólo hasta segundo grado, pero era una gran ecóloga espiritual. Manejaba muy bien las yerbas curativas del bosque autóctono chileno, las cuales he encontrado en la medicina homeópata. Hasta nuestro doctor recetaba sus agüitas o té de yerbas a otros de sus enfermos.
   Solía espiarla cuando ella oraba en privado: "¡Aaaaaah, ánimas benditas! Señor protege con tu manto sagrado a mi esposo, hijos, allegados, nietos, bisnietos, tataranietos y amigos. A toditos, mi Señor. Ángel de la guarda no nos desamparares ni de noche ni de día." 
Vinito pa'l lavao
   Cada domingo, cuando el resto del familión dormía la tradicional siesta, nosotras dos lavábamos los platos. Ella solía guardar vino para la ocasión. Era entonces cuando yo compartía privadamente con ella, cuando recibía mi tutoría acerca de la vida, la historia familiar, y la utilización de las yerbas como medicina, que por lo de más eran inútiles en su opinión, si uno "no se encomendaba al Señor".
    Toronjil pa' la pena. Agua de natre y quillay para las fiebres. Carbón quemado, con cáscara de granada para la diarrea. Ruda que nos protege. Romeo para los moretones. Agua de lentejas para las pestes. Poleo para los cólicos del estómago. Mami María, como la llamábamos, nos heredaba la idea que hay un camino abierto entre la madre tierra y uno mismo. Que debemos cultivar una comunicación y un inmenso respeto con la naturaleza.
   Ella pensaba que el medio ambiente, los muertos, las ánimas, el amor y la vida, conviven y son parte de un todo sagrado. Respeto por la pachamama o Madre Tierra, toda la basura orgánica volvía a la tierra, cuando nadie hablaba de la palabra reciclaje. Antes de bañarse en la playa pedía permiso y se presentaba a "la Mar" otorgándole un género femenino al océano. "Mar buen día yo soy Maria y tu te llamas mar. Cura mis frágiles piernas con tu sal." Uno de los rituales que más me gustaba, era que si ella iba a beber y estaba alrededor de la naturaleza, volcaba un poco su vaso, para que "la tierra bebiera primero".
   Su cariño era único pero no exclusivo para la familia. Era hospitalaria y tenía constantes gestos de afecto hacia desconocidos. Por ejemplo, vivía tejiendo chales para recién nacidos. Cuando veía una mujer encinta, aun cuando no la conociera, sentía un impulso en regalarle ese eterno chal.
   En política, era seguidora de Salvador Allende, le llamaba "el Compañero Presidente". Antes que mis padres, descubrió que yo participaba en actividades clandestinas durante la dictadura militar. A pesar del miedo que la embargó, ella me apoyo con su silencio y complicidad. Por otro lado, su inmensa alegría, baile, picardía, cariños, caricias, empatía, solidaridad, el dar amor a todo momento y su capacidad de sobrepasar situaciones de dolor, han sido una inspiración para mi vida.
   Su regocijo vital y la transmisión de su energía fue tal, que a pesar de ser una simple ama de casa, en su funeral alrededor de mil personas la despidieron. Vecinos del cerro Cordillera con pañuelos blancos le dieron un adiós. Hasta el alcalde de Valparaíso le envío flores de cortejo. En su sepelio abundaron los rezos, llantos, risas y cantos. Su tumba fue bañada en vino. Quería descansar con su Mamita, pero también ser enterrada mirando las viñas. 
   Maria Luisa Barra Barra, nacida en el 18 de septiembre de 1911, murió a los 89 años, el día que cumplía 75 años de matrimonio con su compañero Hector Gregorio Reyes Verdejo. Un año y medio después de su muerte, mi abuelo no resistió su ausencia. Pasada la media noche, en donde estaba hospitalizado sonriendo se levantó a bailar un tango con su esposa. Riéndose de él, las enfermeras con ternura lo volvieron a acostar. Esa madrugada de agosto, en un dulce sueño, Héctor Reyes se fue a reunir bailando un tango inmortal con su amada Maria Luisa Barra Barra.
Tania Patricia Reyes Fontecilla
El Tango Inmortal de María Luisa