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UPDATED NEWS FEED
NUESTRAS ABUELAS:
Una Serie Fotográfica
Nota de la editora: Este mes comienza una serie fotográfica dedicada a nuestras abuelas. Cada mes publicaremos fotos y texto escrito por los hijos, nietos y otros familiares que quieran honrar a sus
abuelas. Esta serie concluirá a fines del 2008, cuando se hará una exposición en la Biblioteca de Holyoke con todas las fotografías.
La serie comienza con las fotografía sumistradas por Noemí E. Valentín, oriunda de Puerto Rico y residente de Northampton, Massachusetts desde hace 20 años...
De espalda con traje blanco: Doña Vicenta Aleman Martinez
Con falda negra - Natividad Rosario
Casa en Quebrada Negrito, Trujillo Alto, circa 1964.
Arriba, Primer cumpleanos de Freddie F. Valentin.
De izquierda a derecha, dos vecinos del vecindario - nombres desconocidos Freddie F. Valentin - bebe de pie (mi hermano) Ramonita Rodriguez, mi tia Natividad Rosario con Noemi E. Valentin Jose Cortes (primo) Noemi Rodriguez, mi mama Ruth N. Cortes Prima.
Tomas Rodriguez y Natividad Rosario, circa 1955, New York
Arriba derecha: Foto durante excursion a San Tomas con miembros de la Logia Odfellows de America, circa 1960.
De pie, de izq a derecha: Hombre en gaban - nombre desconocido
Natividad Rosario, Dolores Cedrés - sentada en la silla Hermanas Gonzalez de Capetillo Nato Angulo.
Los pasteles de Doña Nati
Por Noemí E. Valentín
La llamaron Natividad por haber nacido un 25 de diciembre del 1918 en Juncos, Puerto Rico. Doña Rosa, su tía adinerada, se la había traído a vivir a Caguas y le sostenía a cambio de trabajo doméstico. Doña Rosa tenía un carácter que intimidaba a muchos. Había enviudado tres veces, y con cada marido adquirió propiedades y capital. Nati heredó mucho de ese carácter fuerte aunque no del capital. A veces Doña Rosa la maltrataba y la explotaba, pero también le enseñó otras cosas.
Más tarde, aun bien joven y con sólo un octavo grado de educación, Nati se fue a vivir con
Doña Rosa a una casona en la Avenida Universidad durante la Depresión de los años 30. A los 16 años volvió a su pueblo, se casó con Tómas, y trabajó despalillando tabaco. Las trabajadoras del tabaco estaban políticamente muy activas y tenían lectoras que leían textos marxistas y políticos de Europa. Luego de casados Nati y Tomás iban a mítines del Partido Popular Democrático y siempre estaban enterados de lo que pasaba. Doña Nati tomó seriamente el impulso en ese momento a la educación en el país y mientras trabajaba en una fábrica y criaba sus dos hijas pequeñas, se hizo el diploma de escuela superior - a eso de los 20 años y pico -- estudiando por las noches. Por ahí siguió a la Universidad de Puerto Rico y se certificó como maestra de Escuela Elemental. Durante los 10 años siguientes viajaba a Cayey a estudiar todos los sábados hasta que se graduó.
Pero Nati no toleraba las infidelidades de su esposo. En varias ocasiones enfrentó las mujeres que le tomaban prestado su marido, fuere en medio de la Plaza de Recreo, o las iba a buscar a sus casas. Eso era antes de trabajar maestra en Río Piedras donde todo el mundo la conocía. Entonces, para no dar mal ejemplo, cambió de estilo. Citaba por separado a la mujer y a Tomás, y los confrontaba a los dos. Eventualmente, después de un ultimátum, él decidió dejar las mujeres y emigraron todos a Nueva York. Allá buscaron el trabajo y la mejor vida que prometían a los que emigraban durante la Gran Migración en 1954, pero regresaron a la Isla dos años después.
Por trabajo inestable de Tomás, a Nati le cayó la responsabilidad económica de la familia. Ella se esterilizó voluntariamente después de tener su segunda hija. Era una empresaria natural; cuando le faltaba el dinero hacía pasteles los sábados y durante las navidades para vender. Esos pasteles fueron legendarios en Blondet. Doña Rosa no sólo le había enseñado a hacer esos pasteles, sino también todos los platos típicos puertorriqueños que luego ella hacía para vender y así pudo sostener la familia a la vez que estudiaba y trabajaba.
Cuando Doña Nati reía, se reía a carcajadas, y le encontraba broma a todo. Lo que ella mas valoraba, como muchas mujeres de su tiempo, era su familia, su trabajo, y su fe religiosa, pero también a ella le gustaba viajar y contar las aventuras de su vida cotidiana. Siempre tenía algún cuento. Nati era bastante cascarrabias, pero todo el mundo la respetaba. Por el balcón de su casa desfilaban toda clase de personas por el barrio a saludarla: comerciantes, borrachos, literatos de la U.P.R., el cartero que le encantaba dar lata esperando el café; las hermanas de la Iglesia Bautista, los Testigos de Jehová, policías, prostitutas, un sordomudo... a todos se les iluminaba la cara al verla porque ella los recibía bien.
Ahora, a los 89 años de edad, vive lejos de su patria, en El Paso, Tejas, y de sus seres queridos. Aún décadas después en Blondet la recuerdan. Y de vez en cuando desde El Paso, Texas, le regala a sus nietos una de sus carcajadas por teléfono.